El huésped inesperado
No tocaste la puerta. Simplemente te deje entrar. Ingresaste a la sala sigilosamente. Giraste la perilla de la lámpara, y la luz tenue se transformo en brillante. Tus dedos recorrieron la superficie plana de la repisa, observando con tus misteriosos ojos mis viejas fotos. Guiado por el aroma del café entraste a mi cocina. Le diste una ojeada a mi biblioteca, y en mi cuarto te adueñaste de algunos de mis sueños.
Mientras estuviste, mi casa se llenó de música y aromas exóticos, pintaste mis paredes de colores y en mi rostro sonrisas, que me dejaron sin aire. Te involucraste en mis historias, dejándome muchas veces el papel de heroína.
Mientras giraba con mis ojos cerrados al compás de una melodía soñada, escuché las campanadas del reloj dando las doce y mi sandalia se rompió.
Cuando abrí mis ojos ya no estabas, te habías ido dejando la puerta entreabierta. Me senté en el piso de la sala, mientras mi corazón latía velozmente. Como ingenua te esperé sentada, pero no regresaste. Dejaste mi casa vacía. Cerré la puerta y la llené de candados.
Te odié noche y día. ¡Qué tupé el tuyo! Te miraba desde mi ventana caminando por las veredas haciéndote el distraído. Y a veces simplemente no te veía. Tal vez debería haber salido a buscarte, pero no sirve buscar lo que ya ha sido encontrado.
Un día observé en mi pared un punto rojo, me acerqué y apoyé mi dedo índice sobre él, entonces se extendió como una enredadera sobre todo el cuarto. Miré mi alfombra y una mancha de una gota de café que derramaste se hizo visible. Desde los parlantes de mi computadora se dejó oír sutilmente una de tus canciones preferidas. Fue sólo un instante, una pequeña mancha roja sobre una pared. Me acerqué a mi puerta y quité los cerrojos.
Después de todo valió la pena tu visita, aún aquí se siente. Por eso espero nuevos colores, diferentes melodías, inéditos aromas y un puñado de trascendentes sueños… Alguno se atreverá a hospedarse eternamente.



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